El turismo es una pieza fundamental en la economía mexicana. A diferencia de otras actividades que buscan ubicarse en estados que tienen mejor infraestructura y acceso a mano de obra califica, la actividad turística es muy intensa en algunas de las regiones más pobres del país. Así, cualquier reducción en esta actividad afectará inmediatamente a las comunidades más marginadas.
Existen dos tipos de variables que pueden afectar el turismo. Las primeras no dependen de nosotros y son variables como la fortaleza de las monedas de otros países, el clima, las fechas de los vacacionistas y el costo de viajar en avión. El segundo tipo sí depende de lo que hagamos como país, por ejemplo el porcentaje de personas que hablan un segundo idioma, la infraestructura y la inseguridad.
Esta última variable, que tanto se ha incrementado en los últimos tiempos en México, tiene dos facetas. Por una parte, la probabilidad de que, como turista, te ocurra algún incidente delictivo. Por la otra, la percepción desde el exterior de lo que te puede ocurrir en tu viaje. Cuando un extranjero lee sobre el incremento en los homicidios en México o su agencia turística le recomienda tener cautela, éste no calcular las probabilidades de que le ocurra algún incidente; simplemente cambia su destino.
El incremento en los índices delictivos en México y lo vistoso que puede ser el asesinato de un jefe de la policía o de un alcalde, o bien una granada en la plaza pública, están ya causando daños que podría tomarnos décadas revertir.
El caso de Colombia es ilustrativo. Por años han estado tratando de convencer a los turistas de que los riesgos que corren son menores o nulos. Sin embargo, la marca “Colombia” se volvió sinónimo de guerrilla, narcotráfico, inseguridad, secuestros y homicidios.
¿Queremos estar en una situación como la de Colombia? ¿Queremos que las personas que viven del turismo pierdan su principal fuente de ingreso? Aún estamos a tiempo.
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