El urbanista Richard
Florida escribió en el 2002 un libro titulado La Clase Creativa. En el corazón de este grupo se encuentran científicos,
ingenieros, profesores universitarios, poetas, novelistas, artistas,
diseñadores, arquitectos, programadores, investigadores, etc.
Muchas personas han criticado el concepto de
“clase creativa” porque consideran que dicho grupo no tiene conciencia de clase. Sin embargo, lo relevante es que los “creativos” sí comparten una identidad
basada en patrones de consumo, hábitos en el trabajo y preferencias con
respecto a dónde y cómo vivir.
Por ejemplo, la mayoría de los miembros de
la clase creativa no son dueños de propiedades significativas en el sentido
físico. Su propiedad es más bien un intangible que está literalmente en sus
cabezas. La clase creativa valora la individualidad, la meritocracia, la
apertura y la diversidad, y esto tiene implicaciones en el ámbito laboral, en
las políticas públicas y en el intercambio diario entre las empresas y este
tipo de consumidores.
En el ámbito laboral valoran temas que van
mucho más allá de un ingreso o de la seguridad laboral: valoran el reto, la
responsabilidad pero también la flexibilidad y el involucramiento con la
sociedad. Para retener a un miembro de la clase creativa se requiere una
cultura laboral particular. El ejemplo clásico son empresas como Google, donde
el trabajo se da a través de estructuras
flexibles que permiten el intercambio de ideas y donde trabajar es un juego,
sin que esto vaya en perjuicio de la productividad.
Desde la perspectiva de políticas públicas y
urbanismo, la clase creativa no se puede concebir sin el concepto de ciudad. La
clase de los “creativos” se fortalece en la medida en la que sus miembros
tienen contacto unos con otros: el acervo de conocimiento y la innovación es
exponencial cuando las personas intercambian ideas.
Los “creativos” también buscan vivir en
lugares donde se pueda tener acceso peatonal a comercios, restaurantes y
parques, y donde la interacción e intercambio de ideas sea fácil. Es así cómo
en la Ciudad de México la clase creativa se instala en zonas como el centro de
Coyoacán, La Condesa o la colonia Roma… versus lugares chic pero desalmados como Santa Fe.
Por otra parte, desde la perspectiva de las
empresas, la clase creativa busca tener acceso a determinados servicios que van
desde Internet en los cafés hasta la renta de bicicletas.
Tener en México ciudades que albergan, hoy
por hoy, a pequeños grupos de la clase creativa es, sin lugar a dudas, un buen
indicador. Pero la decisión convencida de apostarle a este grupo no la hemos
tomado aún como país.
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