Ahora resulta que todas las tonterías que se ha soltado a decir en estos días Ernesto Cordero, una tras otra y tras otra, no fueron sin querer queriendo.
Según lo que andan presumiendo los genios que lo asesoran en su campaña, el secretario de Hacienda se está aventando a hacer declaraciones absurdas y escandalosas, simple y sencillamente, para que se hable de él. Más o menos como aquella señora que le decía a su marido: pégame, ¡pero no me dejes! A ver, me voy a tratar de explicar mejor. Supuestamente Ernesto Cordero es el candidato de Felipe Calderón a la Presidencia. Es decir, con él pretende el Presidente pelearle los votos a Enrique Peña, quien hasta ahora va hasta arriba en todas las encuestas. Esa es la idea: que Cordero sea el candidato del PAN. Muy bien, nomás que hay un problemita: a Cordero no lo conoce nadie. Si acaso lo conocen en su casa y, sólo a veces, le hablan de tú. Por lo general ni le dirigen la palabra. Entonces, lo que hicieron sus estrategas fue una "genialidad". Le dijeron: "te vamos a poner a decir pentontadas y ya verás que pronto la gente comenzará a hablar de ti". Y vaya que han logrado su cometido: hoy todo el mundo habla del secretario de Hacienda... ¡pero para burlarse de él! Lo llaman "ignorante" por decir que con 6 mil pesos una familia puede pagar hipoteca, mensualidad del coche, comida y colegiatura de escuelas particulares para sus hijos. Otros más moderados califican a Cordero de "ridículo" cuando asegura que en México ya no hay pobres. Pero, bueno, entonces si entendí bien la dicha estrategia: no importa que Cordero quede como idiota, con tal de que la gente escuche su nombre y aparezca en portadas de periódico y en programas de radio y televisión. Me imagino, por ejemplo, una empresa refresquera desconocida que quisiera empezar a vender, digamos, la Cordero Cola. Y para lograrlo que lanzaran una campaña así: "Tome este refresco y engorde como puerco". La idea sería que todo el mundo se enterara que la Cordero Cola es un nuevo refresco cuyo sabor se desconoce, pero te hará subir de peso con la misma rapidez con la que un microbús se pasa un alto. Y, así, después de mucho insistir la gente terminará convenciéndose de que, efectivamente, la Cordero Cola es el peor refresco del mundo. Acto seguido vendría la segunda parte de la campaña, para componer la imagen del refresco y hacerlo apetitoso a los consumidores. Si los calderonistas creen que les va a funcionar, allá ellos.
Finalmente si Ernesto Cordero no queda como candidato, con su discurso económico bien podría ocupar el lugar de Lagrimita, aquel payaso que -al estilo del secretario de Hacienda- para todo decía: "¡Qué barato!, ¡qué barato!".

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