En esta ciudad ya no se está seguro. El otro día hubo una reunión de ex alumnos de la secundaria en la que estudié (sí, aunque lo duden, sí pasé por la secundaria). Con eso de que ahora todo mundo se está conectando y reconectando a internet y Facebook y Twitter, resulta muy sencillo volver a encontrarse con esos viejos compañeros. Con aquellos infelices que te hicieron miserable la existencia a los 12 años. Con esa maldita que te tronó justo el 14 de febrero para "empezar a andar" con tu mejor amigo. Con aquel maestro que era perrísimo y, tantos años después, te das cuenta que es un pobre diablo. Y también descubres que la que era bien loca, sigue siéndole. Y que el que era bien baboso, no ha cambiado ni tantito. Bueno, pero yo no vengo a hablar de mis traumas de la secundaria. Yo venía a contarles que estábamos en la fiesta cuando, ¡tómala!, que se meten unos ladrones. Eran tres encapuchados, todos de negro, dos con armas largas o por lo menos a mí me parecieron tan largas como el miedo con una pistola. El que parecía el jefe gritó: "A ver, ¡muévanse! Todas las putas perras a la izquierda y todos los cabrones maricones a la derecha". Obviamente, yo me quedé en medio congelado. Cuando me vio ahí parado, el delincuente me gritó: "¿¿¿Y tú qué???" Yo, sin soltar mi copa, le respondí abriendo tremendos ojotes: "No, pos aquí nomás sorprendido con estas pinches amistades, ¡cómo han cambiado!". Los que no han cambiado nada son nuestros diputados y senadores. Siguen siendo los mismos buenosparanada de siempre. En lo único que han cambiado es en que ahora están más desprestigiados que antes. Ayer escuchaba una encuesta en la que la mayoría de los mexicanos opinó que los legisladores, en la escala de la confianza, están por debajo de los policías municipales, del presidente del América y hasta de Kalimba. Y con esa gentuza, con los diputados y senadores, es con la que se van a reunir este jueves el poeta Javier Sicilia y los representantes de la Caravana por la Paz. Es curioso, pero a Sicilia lo critican por uno y por otro lado. Unos lo quieren quemar en leña verde -como se hacía con las brujas- por haberse reunido con Felipe Calderón; y en cambio otros le reclaman el no haber ido más allá del diálogo, es decir, por no haber empujado reformas, acuerdos o lo que fuera para cambiar al país. Soy de la idea de que Sicilia ha cometido muchos errores, pero ha hecho lo mejor que ha podido. Finalmente, carajo, por qué queremos exigirle a él, un poeta, que haga la chamba -e inclusive la mejore- que le corresponde a los gobernantes, a los legisladores, a los jueces. De hecho, me parece que todos -tú, yo, él y ella- estamos en deuda con Javier Sicilia. Nos demostró que el dolor por sí solo no basta, que llorando no se cambia el mundo. Él, impulsado por la pérdida de su hijo, se lanzó a exigir un nuevo país donde otros, ya no su hijo, puedan vivir seguros. Y levantó la voz y la juntó con la de otros que también lloraban y lograron que, al menos, los escucháramos. Los escuchó el Presidente, la procuradora, el secretario de Gobernación, la propia Margarita Zavala y todos aquellos que estuvieron aquella vez en el Castillo de Chapultepec. No sé qué se logrará con estos diálogos. Lo único que tengo claro es que a Javier Sicilia le debemos el habernos recordado el valor de nuestra propia voz.

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