¿Sientes que la tristeza te invade pero no sabes por qué? ¿Traes dentro de ti un extraño desasosiego que no logras entender cómo llegó ahí? ¿Suspiras sin motivo? En pocas palabras, ¿como que no te hallas? Lo que tienes es una cruda electoral. Se trata de ese mal que aqueja a varios millones de mexicanos desde las 11:15 de la noche del domingo pasado, cuando el presidente del IFE, Leonardo Valdés, salió a decir que el ganador de la elección presidencial era Enrique Peña Nieto. Ya sabíamos que eso iba a pasar. Las encuestas nos lo habían advertido. Era evidente luego de seis años en campaña del priista. Sin embargo, la gran mayoría guardaba en el fondo del su corazón una esperanza de que el dinosaurio no volviera. Era como ver un partido de la Selección Mexicana en el que va perdiendo por 2-0 contra la Selección de España (que es campeona del mundo) en el minuto 80, y aun así creer que todavía hay tiempo de empatar y, posiblemente, hasta de ganar. Difícilmente para alguien fue una sorpresa el triunfo de Peña. Lo que fue sorpresa fue que la elección se desarrolló en calma y paz. Como dicen los cursis de siempre: "fue una fiesta democrática". Pero si fue una fiesta, ¿por qué entonces nadie festeja? No sé cómo haya sido donde tú te encuentras, pero al menos a mi alrededor no se ven grandes muestras de emoción ni de alegría por el triunfo de Enrique Peña Nieto. No quiero ser el típico aguafiestas pero es realmente notorio el ánimo, o mejor dicho el desánimo en el ambiente. Hay una mezcla de decepción, tristeza y hartazgo ante el proceso electoral. No veo que se esté gestando una protesta o una rebelión, sino un sentimiento de que podrían haber hecho mejor las cosas y no lo hicimos. Y, ojo, no digo que estaríamos mejor con López Obrador o con Chepina; pero con cualquiera de ellos no se sentiría esta depresión colectiva que hoy padece México. Lo bueno es que este padecimiento no es grave. Todo ese malestar se pasará en seis años... espero. A ver si no nos pasa como a aquel tipo que se murió y se fue derechito al infierno, donde lo recibió el diablo. --¿Qué te pasa, baboso? --¿Qué me pasa? ¿Te parece poco? ¡Estoy en el infierno! --¡Ay, bájale! No es tan malo. Tenemos mucha diversión. ¿Te gusta beber? --¡Claro! ¡Amo el alcohol! --Entonces vas a amar los lunes. Todo lo que hacemos los lunes es chupar: whisky, tequila, cerveza... ¡lo que quieras! --¡Hey! Suena grandioso. --¿Eres fumador? --Me encanta el tabaco. --Perfecto: ¡vas a amar los martes! Tenemos los cigarros más finos de todo el mundo y los mejores puros cubanos. Si te da cáncer, no importa: ¡ya estás muerto! --¡Órale! --Apuesto a que te gusta el juego. -Pues sí, demoño. --Qué bien porque los miércoles es día de casino: ruleta, black jack, carreras de caballos y hasta lotería. --¡Qué suerte la mía! --¿Y qué me dices de las drogas? --Pues he probado pocas porque son caras, pero sí me gustan. --¡Uy!, pues prepárate porque los jueves es el día de las drogas. Puedes meterte un kilo de cocaína por la nariz o inyectarte raticida. Total: aquí nadie se muere por sobredosis. --¡Caramba! Nunca imaginé que el infierno fuera un lugar tan buena onda. --Oye, ¿y te gusta el cuchi-cuchi con hombres muy bien dotados? --¡Nooo!, ¿qué pasó mi Lucifer? ¡Para nada! --¡Chin! Vas a odiar los viernes.

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