La honestidad dejó de ser desde hace tiempo un valor.
Hoy prácticamente no existe.
El agandalle rige todas las formas de relación social.
El médico que ordena análisis en el laboratorio, o realiza una operación quirúrgica innecesaria.
-Doctor, me duele un poquito la cabeza-
-Le haremos una tomografía-
-¿Será para tanto?
-Lo más probable es que tenga un tumor-
El “vivo” que vende cosas a sabiendas que no corresponden a su precio, o al que da servicios y, simplemente, se transa al cliente.
-Tiene un ruido mi coche-
-Ya lo revise, es el motor, pero no se preocupe yo le hago buen precio-
La deshonestidad, se posesionó como valor, le dimos el sinónimo de listo, vivo.
-El acordeón en el examen final de moral-
¡Ese es mi hijo!
Hoy se aprovecha cualquier oportunidad para percibir u obtener mayores ganancias en todas las actividades sociales, enterrando la honestidad, la integridad.
Dependencias gubernamentales, como GDF, IMSS, CFE, ISSSTE, y muchas más, en donde la “viveza” opera en numerosos servidores públicos, que no trasgreden códigos éticos, pues para ellos no existen, no los conocen existencialmente, sino que actúan con lo que consideran estructuralmente debido: aprovechar el momento para hacerse de un patrimonio que les permita una buena vida material.
¡Qué importa que una mujer internada por una embolia se revuelque en su propia mierda en las mismas sábanas por 4 días y que no haya el personal para bañarla, ni las medicinas necesarias si me puedo comprar un departamento en Punta Mita!
Vivimos en un mundo en el que la deshonestidad está por encima de todo con la finalidad de ser “millonario”.
La deshonestidad es una forma de vida. Así fueron educados. Eso aprendieron desde la infancia.
-Acuérdate, Robertito, el que no tranza no avanza-
México en particular es un país que ha sido educado con la cultura de la tranza, y si no ponemos en el centro del debate a la honestidad ninguna reforma legal prosperará pues el alma, la razón, el ser, están podridos.
En vez de amor, dinero o fama, dame la verdad decía Henry David Thoreau.
Cuando la tranza, el engaño, el aprovecharse del otro, termine, acaso, empezaremos a cambiar como nación.
Andrés Manuel López Obrador, esta semana, atinadamente señaló, que la honestidad se ha venido degradando cada vez más. Y que, afirma, no obstante, siendo éste el principal problema del país, es un tema que no aparece en la agenda nacional. Se habla, expresa, de reformas estructurales de todo tipo, pero este grave asunto no se considera prioritario.
La falta de honestidad es el cáncer que corroe a la nación mexicana. Hay que extirparlo.


“Mientras esto ocurre en la India, Brasil y Estados Unidos, ¿qué pasa en México? Arturo Montiel aparece orondo e impune en los actos del PRI. El PAN es incapaz de expulsar a Fernando Larrazabal, el alcalde de Monterrey cuyo hermano vende quesos y favores en los casinos. En el PRD, René Bejarano reencarna del escarnio con un liderazgo indispensable para la izquierda chilanga.
En India, un movimiento social exigió cambios en las leyes para perseguir la corrupción. En Brasil, el liderazgo político de Rousseff decidió poner fin al hábito de las transas entre sus principales aliados. En Estados Unidos, las instituciones judiciales y policiales reaccionan para dar un castigo ejemplar a un bribón que ostentaba un cargo de elección popular. La sociedad, los liderazgos políticos y las instituciones funcionaron en estos tres países para frenar el avance de la gangrena. Aquí toleramos la corrupción como si fuera una uña enterrada, cuando en realidad es un cáncer terminal. ¿Qué necesita pasar para que ocurra una metástasis en nuestra República, una sinergia entre la corrupción política y el crimen organizado? La omisión negligente del los líderes políticos, la disfuncionalidad de las instituciones y la pasividad de los ciudadanos.” Juan E. Pardinas, REFORMA, 11-DIC-2011
Publicado por: Ximena Alcazar Smith | 11 diciembre 2011 en 10:12 a.m.