Es
maravilloso sentir que uno puede estar en el momento correcto, en el lugar
apropiado; es hermoso decir “hasta siempre” a un paciente como Hade, un niño
nigerino (el gentilicio de Níger) a quién le tocó vivir en uno de los 10 países
más pobres del mundo y ser un porcentual más en las alarmantes cifras de
desnutrición infantil.
Diciembre 2009, en la puerta de acceso del centro de salud.
La
desnutrición es recurrente en Níger y es una amenaza constante para la
población. Entre mayo y octubre llega el periodo de escasez: las reservas de
cereales de las familias se agotan y el sistema de economía de libre mercado
pone los alimentos fuera del alcance de las familias más pobres. Las
deficiencias nutricionales también se asocian al debilitamiento del sistema
inmunitario, con mayor riesgo de contraer enfermedades.
Las tasas de mortalidad en niños
menores de 5 años son muy altas, similares a las de los países en guerra.
Conocí a
Hade hace poco más de 1 mes. Desnutrido, con viejas lesiones en el cuerpo que
ni su organismo ni nadie más habían podido curar.
Me afectó
de tal manera que alguna fuerza –desesperación, compasión– me llevó a tomarlo
como algo personal. Me hice cargo de su limpieza, de las curaciones, mientras
mi corazón –…en cachitos– intentaba sobreponerse al llanto del niño cantando
canciones en español, mi voz parecía calmarlo positivamente.
Los
medicamentos, los cuidados personalísimos y el canto lo mantuvieron a flote
hasta que una intempestiva diarrea hizo trizas su curva de recuperación.
Diciembre 2009. Junto a uno de mis pequeños pacientes.
Le quitamos
los antiobióticos y… voilá! la madre naturaleza se hacía cargo de
sus asuntos.
Así y todo,
le faltaba voluntad, o fuerza, para tomarse la leche. Una sonda nasogástrica
aseguraba que su alimento terapéutico llegase hasta donde tiene que llegar, y
si quitábamos la sonda, no se tomaba la leche y perdía peso a una velocidad
alarmante.
Comencé a
pensar que lo último que entorpecía la recuperación de este niño (la poca
voluntad de luchar y un gemido constante) tenían que ver con esta cama, este
lugar, el personal y hasta su madre, insegura, acompañándolo día y noche.
Lo tomé en
brazos, caminé por el lugar, eso parecía funcionar. Le prometí entonces que
cuando estuviera sano, saldríamos a dar un paseo a la calle.
Con el correr de los días, Hade dejo
de llorar y comenzó a crecer.
Diciembre 2009. Una paciente feliz con el souvenir de su visita.
Con cada
gramo ganado y la tuberculosis derrotada, se acercaba el momento de marchar.
Su mamá me
comunicó que habían sido dados de alta. Y yo no podía dejar de sentirme apegada
a este niño, poco preparada para despedirme.
Fue hoy que
lo tome de las manos y le dije Abuki,
que significa "amigo", mientras se me llenaban los ojos de lágrimas y
dimos un pequeño paseo –Hade apenas podía caminar. Así confirmo una y otra vez:
el resultado de mi trabajo aquí, es la
más grande retribución que pudiese esperar en esta vida.
Después,
las obligadas fotos en las que esboza una tímida sonrisa que guarda la
esperanza de vivir (o sobre vivir) y de poder ver a su nuevo hermanito
porque... su mama empezó con trabajo de parto justo después de la última foto.
De nuevo a correr…
Diciembre 2009. Merecida comida junto al equipo de MSF en Magaria.





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