Muchas veces he visto plagas en las películas, pero cuando llegué a la bella Magaria me di cuenta de que la realidad superaba a la ficción. Era temporada de tijerillas. Las ingratas se aglomeraban alrededor de la luz de la lámpara. Eran tantas que se caían de ahí porque no tenían espacio. Además de en la lámpara estaban en los muebles y la comida… por todos lados. Las abuelas tienen razón cuando dicen que se meten en los oídos, porque en verdad, lo descubrí, su especialidad es meterse en agujeros pequeños.
Una de aquellas noches sentí que me ardía el hombro. No puse más atención en ese momento, pero al otro día: Sorpresa!, tenía una quemadura con forma de tijerilla. La pobre perdió la vida en mi hombro, pero me dejó un recuerdo.
Dos semanas después de las tijerillas tocó el turno a las moscas. La casa parecía una carnicería de la central de abastos a medio día. Las moscas que llegaron, pican y dejan una ámpula que después se infecta. Con los niños es más peligroso, porque los piquetes les pueden ocasionar lesiones muy feas.
La tercer plaga fue de grillos. Son lindos: inofensivos, pacíficos y muy verdes, pero hacen demasiado ruido. Si cantaran parecido a Cri-Cri, sería muy distinto y las noches serían más placenteras.
Por momentos pienso que vivo en una película de Alfred Hitchcock. El siguiente problema que tuve con los bichos fue con las lagartijas y sus parientes y su impresionante tasa de natalidad. Aquí hay lagartijas de todos los tamaños, colores y sabores. Son muy asustadizas, pobres. Salen despavoridas de entre tu ropa o sábanas cuando las descubres.
Debo hablar de una plaga en especial: nuestro gato Plumpy, que a pesar de no tener carnet ni vacunas contra la rabia, ahí sigue con el paso del tiempo. Es un gato persa, muy elegante, pero está más loco que una cabra. Pumpy me arañó varias veces, incluso me sacó sangre. Siempre sigue el mismo modus operandi: me rasguña las piernas por atrás, cuando paso cerca de él. Tuve que dejar de utilizar cierta ropa, para protegerme del minino. Sin embargo, un día descubrí que nadie le daba de comer y que me seguía, obviamente porque tenía hambre. Pumpy y yo llegamos a un trato: yo le daba de comer y a cambio él no me hacía daño. A mí no me ha atacado más, pero pregúntenle a los otros cómo les va con él…
Aunque por momentos parezca una broma esto de las plagas, la verdad es que pueden ser muy peligrosas, sobre todo en zonas como en la que yo me encuentro, en donde hay un nivel muy importante de desnutrición. Una de las plagas más temidas, por ejemplo, es la del mosquito Anopheles porque transmite el parásito llamado Plasmodium que es causante de la malaria (paludismo) y también del neuropaludismo. Estas enfermedades pueden provocar convulsiones, estado de coma y ser mortales para niños con anemia severa como los que viven en este lugar.
La gravedad es tal, que a los médicos, antes de salir a realizar nuestro trabajo en el terreno, nos advierten de los peligros y nos informan sobre las acciones a tomar: debemos utilizar repelente, poner mosquiteros en nuestras camas y tomar un tratamiento profiláctico para evitar contagiarnos.
Hasta aquí el relato de hoy. Sólo quiero contarles una última cosa: el otro día vi, en una revista europea que es distribuida en algunas zonas de África, dos anuncios a página completa que promocionaban el turismo del estado de Yucatán y de Oaxaca. Me dio mucha emoción verlos. Me hizo recordar las deliciosas cocinas yucateca y oaxaqueña y a la gente siempre cálida de mi lindo país. A ti, mi hermoso México, te digo desde aquí: no dejes de luchar. Te llevo como esperanza en mi corazón.
Pamela.





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