Hace unos días tuvimos una niña ingresada en el programa de nutrición. Su evolución era buena. Sin embargo, su mamá, que la acompañaba, se puso pálida. Tenía mucho dolor. Resultó que estaba embarazada de siete meses y había comenzado el trabajo de parto.
De inmediato, enviamos a la mujer al hospital de distrito para que fuera tratada en maternidad. A las dos de la mañana dio a luz a una pequeñita de 1.2 kilos, prematura, que pasó la noche a su lado. La madre presentaba una anemia muy importante y se encontraba muy débil. La chiquilla paso toda la noche sin comer.
Al otro día, a las 11 de la mañana, decidimos ir al hospital para ver qué había pasado con las dos. Me encontré a la niña ahí, era pequeñita y frágil. Estaba fría, tenía 32 grados de temperatura (lo normal son 37). Tengo que aclarar que los prematuros son muy frágiles ante los cambios de temperatura y un cambio como ese puede ser mortal.
En cuanto vimos la gravedad de la situación, avisamos a la abuela de la bebé, que nos la llevaríamos para darle de comer y recalentarla. Ella decidió quedarse con su hija que estaba muy enferma también.
A la pequeña le dimos de comer y la recalentamos. Como no había nadie que estuviera con ella, las asistentes nutricionales se turnaban para cuidarla y alimentarla. Una de ellas, en especial, me dio mucha ternura, porque había tenido gemelos, también prematuros, y al ver que la chiquita no tenia ropa le trajo alguna de sus hijos. La cuidaba con tanto cariño y cuidado que conmovía el corazón. De ese modo pasamos mas de 24 horas, turnándonos para cuidarla.
Mientras estaba en la hora de mi comida, recibí una llamada de uno de los médicos. Me pidió que fuera porque la niña había tenido un paro respiratorio. Salí de la casa lo más rápido que pude, pero afuera no había automóvil que me llevara, así que corrí hasta el hospital. Han sido los 10 minutos más largos que he pasado.
Cuando llegué al hospital, mis compañeros estaban reanimando a la pequeñita. Todavía intentamos 10 minutos más de reanimación, medicamentos, oxigeno y masaje cardiaco. Ella tenía una débil frecuencia cardiaca pero no respiraba por sí misma, así que decidimos dejar las maniobras.
Poco a poco la gente fue saliendo del lugar, hasta que me quedé sola con la niña que aún tenía vida. De pronto, me llenó un sentimiento de contrariedad muy fuerte. Qué hacer? me iba o me quedaba acompañándola en sus últimos minutos? Decidí sentarme con ella. La abracé, la calenté y comencé a hablarle, a decirle que no tuviera miedo, que ahí a donde iba no habría dolor y que todos aquí estaríamos bien. Se me llenaron de lágrimas los ojos. Es muy duro sostener en brazos a un bebé que esta en proceso de morir. Yo no tengo hijos todavía, pero realmente fue un momento difícil: ver que la vida se le escapaba, después de haber intentado todo lo estaba en nuestras manos (el tratamiento para un prematuro no lo tenemos aquí). No me quedó más que acompañarla. Y no me arrepiento, pues su enseñanza fue muy importante para mí.
© Guillaume Ratel/Médicos Sin Fronteras
Una vez que la chiquita partió, salí del lugar. Yo no quería que los demás se dieran cuenta que había llorado, pero es tan reducido el hospitalito que todo el mundo se enteró rápidamente. Me tomé 10 minutos para tranquilizarme y después fuimos a decirle a la familia que la pequeñita había fallecido. Fue triste ver sus caras, pero ellos sabían que era muy chiquita y que las posibilidades no eran muchas.
Una vez más, la vida me dio una lección muy importante, a veces la actitud del sanador no puede ser otra más que la de acompañar a su paciente hasta el final.
saludos,
pam





HOLA PAM:
GRACIAS POR COMPARTIR TU EXÈRIENCIA DE VIDA, SABES ME GUSTA ATENDER NIÑOS Y EN VERDAD PONGO LO MEJOR DE MI EN CADA PACIENTITO, Y COMPARTO TU GRAN PASIÓN Y ENTREGA Y CREO QUE TIENES UN ALMA Y UN CORAZÓN MUY GRANDE, Y AUN MAS TIENES LA BENDICIÓN DE SER MÉDICO Y ESTAR AL CUIDADO DE LOS PEQUEÑITOS, QUE DIOS TE DE FUERZAS Y TE PERMITA SER CADA DIA MAS LINDA. UN BESO
SANTIAGO.
Publicado por: SANTIAGO VALENTIN GUERRERO | 04/16/2010 en 07:55 p.m.