Por Irene Savio
Roma.- Viajar en aviones de aerolíneas de bajo costo es más barato y accesible, aunque se ha convertido en una verdadera carrera de obstáculos, que comporta una serie de humillaciones y maltratos hacia los pasajeros.
Empezando por el equipaje de mano: con tal de cumplir con las reglas, y evitar la facturación del equipaje y la multa de varias decenas de euros, se originan las escenas más indignas, desde el mostrador, hasta el acecho de las azafatas. A los viajeros se les exige ingresar sus pertenencias en una ranura metálica, justo antes de subir al avión, y con el fin de comprobar que esté en el rango de las medidas dictadas por la compañía.
Estas escenas incluyen a gente haciendo pruebas de aldegazamiento para sus maletas, hurgando con ansiedad entre sus prendas íntimas, metiéndose camisas en los bolsillos, o hasta dos o tres bufandas en el cuello.
Así, trasladarse con estas líneas se suma a las peripecias de cualquier experimentado viajero: travesías interminables al lado de niños chillones, azafatas histéricas, retrasos, turbulencias y hasta permanecer varada durante horas por la erupción de un volcán, o el quiebre de una compañía.
Seguramente, hay pilotos mejores y otros peores, o condiciones climáticas más y menos favorables, pero los bruscos aterrizajes son otra constante en los vuelos con las líneas aéreas de bajo costo.
Recientemente, aterrizando en el aeropuerto romano de Ciampino, un hombre de traje azul se hizo tres veces la señal de la Cruz, llevándose nerviosamente la mano a la frente, al vientre y a los hombros. Ocurrió minutos antes de que la nave bajara el tren de aterrizaje y se enfilara hacia la pista.
El avión tocó suelo dos ó tres veces antes de estabilizarse, rebotando y frenando de tal manera que algunos tuvimos que estirar el brazo y sujetarnos en el respaldo del asiento delantero para contrastar el violento descenso. Una señora, de unos 50 años, incluso agachó la cabeza hasta las rodillas como si se preparara para una emergencia.
Por unos momentos, reinó el silencio, hasta que una música de trompetas informó que todos estábamos a salvo.
En este mundo del bajo costo, algunas firmas, como la irlandesa Ryanair, la más grande de Europa, con casi 300 rutas, reciben quejas continuamente; otras ha sufrido incidentes más o menos graves, y tantas otras han quebrado antes que el gran público las conociera.




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