Por Elia Martínez-Rodarte
No hay placer que dure lo suficiente, dice el buen Propercio, pero les aseguro que si se someten a unos espanques furiosos un fin de semana de lujuria, al menos las huellas del placer les van a durar un buen rato: hasta el martes.
El lindo tafanario de vuestras buenas mercedes va a ser un dueto de manzanitas enrojecidas por la mano santa que les pegó en las nalgas en los momentos de la pasión, si es que llegan a encontrar en esta técnica de la pasión algún gusto.
Todos tememos al dolor físico. Los científicos de la Universidad de California en Los Ángeles determinaron circa 2006 que el dolor del corazón, las tristecitas, la depresión, angustia y demás demonios, está regulado por las mismas terminaciones nerviosas que administran el dolor físico, por eso un “me rompiste el corazón” no sería una expresión totalmente enunciada al azar.
Pero el dolor físico del spanking, las nalgaditas, un poco de látigo o fuete por aquí y por allá, una mano mojada a la hora del amor son elementos a veces necesarios para ponerle más dinamismo a la relación sexual que ya lleva como 200 años ejerciéndose de la misma manera que ya sabemos: tu arriba, yo abajo, luego cambiamos y de perrito en los días festivos.
Ni hablar del sexo anal porque sería como abrir de nuevo la tumba de Tutankamon y de paso contraer la maldición por traspasar esas compuertas.
Pero yo les invito a que condimenten sus relaciones sexuales aplicando un poco de placer físico más allá del viejo entrar y salir del cuerpo amado, y apliquen el rigor de su manita en el momento del amor.
No les puedo explicar con las palabras exactas porqué deben experimentar un poco de dolor físico, controlado y hasta calenturoso, porque cada quien debe descubrir las motivaciones que lo lleven a disfrutar de una de las variantes más controversiales del sexo, que es el sadomasoquismo.
Pero aplicar nalgaditas o spanking, espanques como los hemos llamado muchas veces aquí, es una forma de ingresar en un terreno estimulatorio que quizás pueda revelar un oscuro rincón de nuestro ser sexual: nunca se agotan las posibilidades de su creatividad fornicatoria.
¿Les parece que estoy loca, que soy maniaca o muy perversa?
De entrada me vale, pero lo que sí es cierto es que nunca sabrán de qué tamaño es la voracidad sexual de sus parejas si no pulsan los botones correctos de los mecanismos del ser erótico y sexual de sus amad@s o fornicios de ocasión.
Si unas nalgaditas, (y hablo sólo de palmear el culo levemente con la mano o con el instrumento de su preferencia sea cinturón, tabla o matamoscas - no usado antes con moscas por favor ash -...) les shockean las neuronas, sépanse de una vez que es la forma más elemental y simple del sadomasoquismo.
No les ando recomendando cera caliente, cotonetes, cinchos, suspensiones, sometimiento, correas, cortes en la piel, entre muchísimas otras más que no mencionaremos porque el Marqués de Sade y Leopold von Sacher Masoch no se han levantado a desayunar aún.
Lo importante en las nalgaditas es que se concentren en lo importante: las nalgas.
En el momento en que ustedes acudan a su pareja para darle su merecido (juguemos entonces profesor...) durante el acto sexual inicien la nalgueada de una forma suave, constante y firme.
Que se sepa quién tiene el mando en ese momento. Luego cambian de sitio. Observen las reacciones en su pareja y así modulan la intensidad.
Eviten el barbarismo de pegar fuerte o incluso sólo pegar en zonas cercanas al ano, testículos, perineo y vagina, en especial para quienes no están acostumbrados a esta práctica.
Sólo estimulen con golpes que sus amantes puedan tolerar, combinándolo con masajes circulares en la zona, unos cuantos besos y ya cuando esté bastante distraíd@ nuestr@ amante, hasta algunas mordida podríamos aplicar en el sitio en donde se está llevando a cabo la batalla.
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