Gritar o no gritar, ése es el dilema y ante todo una forma de reacción al sexo y al placer erótico, que quizás lo volverá más sabroso o puede apagar la cachondez, o agregarle la diferencia que requería. No es la misma cosa follar con un gritador@ compulsiv@ que con un ratoncito que apenas gime o se expresa. Aunque vivimos en un país de griton@s: no creo que haya much@s que se hagan de la boca chiquita.
El alcohol es una absoluta desgracia, pero esa sensación desaparece con algunos tragos. Todos hemos pensado en beber o no esta vez o en aquella otra, sin embargo persistimos, porque somos débiles y porque creemos que no hemos llegado hasta el fondo. Pobres los alcohólicos, de todas sus denominaciones y cataduras, porque en este país tod@s chupamos. Y también tomamos, como diría el poeta de las bardas, Armando Alanís.
El pene jamás pasará desapercibido como tema de conversación o como herramienta de placer. Creo que desde que escribo esta columna, no existe un día de mi vida que no nombre al pene en voz alta o que esté pensando en el priapo. No sólo por goloseo ash, sino también porque es uno de los personajes centrales del saber sexual, junto con otros relevantes genitálicos de hombre y mujer.
En un negocio al que acudo frecuentemente a hacer mis compras (y que por esta columna, me temo, deberé de dejar de ir por un rato…) trabajan tres personas. Un hombre y dos mujeres. Una de ellas y el tipo, llevaban largo tiempo romanceando hasta que, a base de muchas estratagemas, la otra se lo quitó sin necesidad de mancharse las manos, por lo visto. El ambiente si está algo cargadito y no sé cómo se aguantan los tres.
Cuando se habla de posiciones sexuales, casi siempre
dejan a la del misionero (hombre arriba sobre ella de espaldas) como la más
aburrida ya que es un movimiento casi orgánico. La mayoría de la gente se pone
así para follar, porque ha sido la postura más representativa, en especial para
la reproducción. Es universal que el hombre se pose encima de una mujer y
se la fornique de esa forma, así como es muy saludable que se publiquen,
difundan y recomienden otras muchísimas posiciones sexuales que nos ayuden a
divertirnos más. Si uno no se divierte follando, ya se perdió más del 50 por
ciento de la felicidad en el mundo.
La pornografía pasó de ser un territorio exclusivo
para las pajas de los señores, a un planeta en común en donde las mujeres
también abrevamos para ejercer nuestro voyeurismo y cachondearnos. Internet es
responsable en su mayoría de que nosotras también consumamos este material, que
ya se va diversificando, porque también hay algunos sitios que poseen el
símbolo femenino o de la mujer, lo cual quiere decir que es material
“seleccionado” para las damas. Por lo general es de corte lésbico o un poco más
producido, es decir, hay una trama más elaborada o quizás un tanto más
romántica, por llamarlo de alguna forma. Esto no quita que las chicas vean algo
más hardcore, a veces no tanto porque les guste, sino porque ya se
acostumbraron a videos más coitales, en donde la dinámica casi siempre es la
misma: encuerarse, beso beso, ella chupa, él chupa, coito en varias posiciones
y eyaculación en diferentes modalidades: casi siempre visibles para que vean
que la pareja ha logrado su cometido encremador.
Introito: este tema causa irritación inusitada en los debates, y sobre todo en las discusiones de mis clases o talleres: ¿por qué las personas demisexuales e hiposexuales no quieren tener sexo? Esta actitud es simplemente una forma de abordar el sexo: con poca actividad, incluso masturbatoria y parecen “raros” o “anormales” ante la enorme sobrevaloración del fornicio, considerándolo una actividad que necesariamente es vivaz, alegre o motora de la felicidad, lo cual puede ser una falacia. Son sólo personas que no quieren follar tan seguido, o que su libido no es muy alta, o simplemente no se les pega en gana. Creo que tasar la cantidad de sexo de una persona ya es una necedad y ganas de meternos en lo que no nos importa. Pero he aquí la definición.